martes, 24 de enero de 2017

Las mujeres creadoras de Natalia Carrero

He terminado de leer Letra rebelde, de «La lectora común» o Natalia Carrero, como prefiráis, las dos son geniales. No hace mucho terminé otra obra estupenda de la autora, Yo misma, supongo, y me preguntaba cómo me atraían tanto esas historias sobre mujeres que quieren escribir a toda costa pero no pueden evitar verse constantemente interrumpidas por los quehaceres cotidianos, las rutinas del ama de casa y propias de una madre, la necesidad de ganar dinero. (Me encanta la imagen de los niños correteando a su alrededor, en Yo misma, supongo, mientras ella intenta escribir. Hay mucha belleza en este empeño).

Letra rebelde es un libro ilustrado. Yo misma, supongo alterna la narración con algunas ilustraciones, letras, puntitos, textos recuadrados con mensajes sabios que siempre quisimos que alguien nos dijera y nos dirigiera, que hubieran pensado para nosotros. La edición de Rata Books es preciosa, y el libro encaja como un guante en esta editorial. Si amas la lectura y escribir, pero esta se te hace a veces bola es posible que encuentres consuelo muy vivo en Natalia Carrero. Además de las numerosas y acertadas reflexiones vitales sobre todo lo que nos rodea en la maraña del mundo occidental en la que vivimos, hay un hurgar en el interior que hace que nos caiga bien porque nos reconocemos en esas entretelas de la conciencia vital y creadora.




Me ha recordado, a ratos, a UNA, la artista inglesa que creó esa interesante novela gráfica  sobre la violencia hacia las mujeres, Una entre muchas. Mujeres solas, indefensas, en mitad de la página, en mitad de la nada, intentando ser alguien y encontrarse. A sus protagonistas las maltrata vilmente esa sociedad que ayuda a crearlas para cargárselas en cuanto puede. Vulnerables y solitarias a la fuerza. La soledad como refugio para escribir y narrarse.

Las madres protagonistas de estas dos obras de Natalia se obligan a tenerlo todo a punto pero eso les deja poco espacio y tiempo para la creación. Necesitan ese rincón que no tienen. Como decía Virginia Woolf, hace falta dinero y un cuarto propio para poder escribir. Y las mujeres que crea esta autora tienen uno muy pequeño en el que se ven interrumpidas constantemente por la realidad de los hijos y lo doméstico, y por la falta de dinero. La presión es constante, es difícil llegar a escribir algo decente.

En Yo misma, supongo, la protagonista, Valentina Cruz, comenta: «Escribir es engañar, engañarnos. Y, con un poco de suerte, sonreír en un entrelineado». Las obras de Natalia Carrero nos hacen reflexionar sobre el acto creativo pero nos animan, además, a luchar contra lo establecido, contra lo que se supone que debemos hacer para ser alguien en este mundo, en el entorno familiar y social. Nos miramos en una mujer que araña el tiempo para entregarse a lo que más desea, escribir. A veces las lecturas se le atragantan y solo ve letras. A veces, las asimila y comparte las que le han transformado. (En Letra rebelde recomienda, por cierto, una de mis lecturas favoritas, Cómo aprendí a leer, de Agnès Desarthe).

Desde la soledad y el deseo, más fuerte que ningún otro, de leer y escribir a toda costa, los personajes femeninos se descubren como seres poco entregados a lo que se supone que deberían entregarse, la casa y los hijos. Mujeres creadoras que no tienen tiempo para escribir o dibujar, y cuando lo tienen es entre pañales, comidas y otras obligaciones. Desde su extrañeza y su reflexión nos acogen a nosotros, lectores ya fieles y más felices gracias a sus apuntes y sus creaciones nacidas entre comida y comida, entre la plancha y una colada.

jueves, 5 de enero de 2017

Listas de Reyes

Este año no tengo una de esas listas de libros para entregar a los Reyes Magos. Con las prisas y una gripe de última hora no ha habido tiempo ni de hacerla ni de enviarla. De hecho, escribo estas líneas con cierto malestar físico aún.

Las listas de libros de cumpleaños y de Reyes han sido siempre el resultado de meses husmeando aquí y allá, anotando referencias de reseñas, de blogs, de blogs de amigos, de amigos apasionados lectores, de familia. Pero este año he intentado contenerme, y en el intento se me han quedado en la memoria. Joyas, delicias que tendré en mis manos en cuanto pueda, y que no es lo mismo alcanzar por uno mismo que por medio del regalo de otros.

Sí, sé que todos tendréis recuerdos muy parecidos, y seguramente también asociaréis ciertos títulos infantiles y juveniles, e incluso adultos, al día de Reyes. En mi caso Michael Ende y La historia interminable estarán siempre ahí, aunque sé con absoluta certeza que llegó a mi vida una feria del libro del Retiro, pero lo asocio a Reyes, vete tú a saber por qué. Me pasa con otro título del mismo autor, Momo, que me regalaron por mi santo un noviembre del ochenta y tantos pero que también encajo en una mañana de Reyes rodeada de papeles de colores.

La trilogía de El Señor de los Anillos pertenece también a ese día. Una edición barata de bolsillo que cuando vi me asustó, pues a mi edad aún no había afrontado una lectura de ese calibre. Y Asimov, pero curiosamente ese en las manos de mi hermano menor. Un recuerdo asociado a sus deseos, a su paquete de regalos ese día. Siempre le gustó. No tanto a mí. Celia, de Elena Fortún. Guillermo el travieso, Los tres investigadores, Tintín, Astérix, el volumen de cuentos de Grimm y de Andersen, en Alianza ambos.

 

Se trata de unos cuantos recuerdos de libros asociados a un momento especial, a un día que en el calendario no es importante para todos, o para algunos solo lo fue cuando eran niños. Qué pena. Lo despreciamos por tratarse de un día consumista, derrochón, un alargamiento innecesario de la Navidad. ¿Era acaso más necesaria la Nochebuena, en la que millones de personas solas han de pasar por el trauma de aguantar recordando a los que ya no están, con los que ya no están? ¿Es peor un día de alegría y consumismo que en muchas casas solo significa eso, un día? Un día de regalos, de alegría, de sueño realizado, de posibilidades infinitas. No es tan malo.

Y si hay algo aún mejor que el día de Reyes es la noche de Reyes. Acostarse tempranito para no pillar al rey poniendo los regalos, los libros que hemos pedido. Aguantar la respiración creyendo escuchar los pasos ligeros de unos seres que imaginábamos enormes, medio humanos medio fantásticos, saber que tras las puertas de todos los cuartos hay alguien haciendo de mago por una noche para que al día siguiente otros sean un poco más felices. Cursi suena, desde luego, lo sé, pero es así. Y tanto si llevas pidiendo un libro meses como si fugazmente lo comentaste en una conversación y esa mañana especial está ahí con tu nombre en un cartelito para ti, la sensación es única.

Es cierto que los tiempos han cambiado. Porque ahora raro es que quieras un libro y no lo tengas enseguida. Antes había que pedirlo, desearlo, y una madre y un padre echar cuentas, aunar esfuerzos e ir ahorrando para ese día, para que ese día tuviéramos los libros que pedimos. Y no estoy hablando de la infancia, estoy hablando de hace bien poco, cuando aún vivíamos con ellos y eran ellos los encargados de hacer realidad algunos de nuestros sueños. Los otros nos los hemos currado cada uno como hemos podido. Algunos han podido ser y otros no.

Feliz noche de Reyes.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Así empieza todo

Cuando de adulto abres un libro que ya habías leído en la infancia o la adolescencia eres consciente de que las cosas han cambiado. Lo relees, lo vuelves a admirar, pero hay algo que no cuadra. Esa escena amorosa que te produjo sueños eróticos todo el verano, ese linchamiento que te trajo el terror y pesadillas o esa vergüenza ajena del desacompasado, el personaje irritante y ajeno al mundo que no supiste explicar son ahora más tenues, como si la fuerza que tuvieron, que para ti tuvieron, se hubiera volatilizado o menguado al menos. A veces ocurre lo contrario. Emociones difusas que no comprendías porque no las habías experimentado aún, se hacen, con la relectura en la edad adulta, certeras, auténticas. Tanto, que cuando vuelves al clásico, reconoces, ahora sí, de qué te estaba hablando ya entonces pero no comprendías.

Las emociones aprendidas durante niños y mientras crecemos a través de los libros son tan importantes como las propias vivencias, tan importantes o más que las matemáticas o la física. El mundo de las emociones se empieza a explorar tímidamente y después ya sin tapujos desde la infancia y husmeando entre los libros de casa, de las estanterías de padres y hermanos mayores, o en las amadas bibliotecas, donde el tiempo es otro.

Por qué no Flaubert, Emily Brontë, Jane Austen o Anaïs Nin para hablar del amor, de esos amores difíciles como los de Calvino, de amores puramente sexuales, de amores imposibles y desasosegantes. Baroja o Galdós para hablar de la guerra, de la España controvertida. Cuánto nos enseñó Henry James sobre el miedo más básico, el del temor a apagar la luz del cuarto antes de irnos a dormir.

Cuando se es muy niño y la experiencia del primer amor o del primer dolor por la pérdida de un ser querido queda aún lejos, la lectura nos abre las puertas a su reconocimiento. Me pasé horas leyendo a los clásicos en mi cuarto, en los cuartos de las casas de vacaciones, en los suelos y sofás de todas las casas que habité. Tintines y Astérix tirados junto a la cama al despertar, también los hubo.

Hay escritores que nos hicieron niños más listos, más observadores, y sin duda más preparados para lo que tenía que venir. Leer en la infancia dota de un significado el crecimiento, te hace más osado, menos miedoso ante los problemas y las dificultades que van apareciendo. La madurez que da la lectura no la dan otras actividades, sin duda complementarias y necesarias, pero complementarias al fin y al cabo. Leer estimula, nos obliga a imaginar y a evadirnos pero también a tener los pies en la tierra. Enamorarse de un personaje por primera vez, soñar con él, recrearlo ante la incertidumbre —«qué haría él en esta situación»— solo lo dan los buenos libros.

La vida tiene mucho de miserable y de aleatoria, de insuficiente, pero la lectura nos salva no solo por el acto en sí, sino porque ha sido precedido de otro, el de la escritura, que con nosotros cierra un ciclo, aunque nunca del todo. El libro se sigue leyendo, sigue avanzando su influjo y va ganando lectores a través del tiempo. Las emociones siguen aflorando por primera vez y todavía nos tiramos en la cama, como niños, y abrimos la primera página del libro que nos advierte de que hay una aldea poblada por irreductibles galos que resiste todavía y siempre al invasor. Así empieza todo.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Del acto que nos salva: Me explico

No es extraño que nos salve la escritura. A menudo, del acto de salvación salen grandes textos, los que escriben las mujeres que describen su entorno y a sí mismas como un espacio propio donde reconocerse y donde habitar. El espacio somos nosotras, mujeres que nos contamos, que nos narramos para conocernos y para que después nos conozcan los otros, los que están fuera de nuestro espacio interior que solo nuestros cuerpos alberga y delimita.

Hace unos años mi madre escribió su vida en un cuaderno que además llenó de dibujos y que nos sorprendió a todos. Ella fue la que me alentó a mí, la que me regalaba cuadernos, diarios, lápices y plumas. La que me obligó a escribir, a no dejar de anotar por todas partes, desde breves reflexiones hasta cuentos o poemas, frases inconexas. A llenar de vida hojas blancas, a fomentar el deseo de contarme y quizá comprenderme, como hizo ella en un momento de su vida importante, ese en el que es necesario mirar atrás y contar con perspectiva para que los demás sepan y no olviden.

A nosotros, los hijos, nos ayudó, sin duda, a comprenderla y a saber más de algunos episodios que se presentaban oscuros o difusos o que cada uno recordaba de un modo distinto. A ella le ayudó el acto, la rememoración, el desahogo, el recuerdo de hechos muy lejanos, pasados, quién sabe si veraces al transformarlos en escritura.

La literatura de mujeres es quizá esto, en parte. El desahogo de las vidas, la necesidad de contar para encontrar un lugar en el mundo, en un mundo de hombres en el que hay que encajar. Quizá por ello hay menos ficción y más narración de una misma en la literatura escrita por mujeres, en la cantidad de textos que surgen continuamente en los que es necesario explicarse aunque las experiencias de unas y de otras se parezcan tanto que asusta y sean en realidad ficciones desde el momento en el que se escriben.


Los textos escritos por mujeres son los creados a partir del impulso de narrar algo que pertenece únicamente a cómo se desenvuelve nuestro género en el mundo y entre los hombres que nos rodean. La escritura nos suele explicar. A nosotras y a las demás. Y normalmente leemos y nos identificamos con lo que esas otras mujeres han escrito muchas generaciones antes y es un consuelo cuando hay momentos de desdicha y cuando crees que las cosas solo te pasan a ti. Esta literatura de mujeres no es, pues, solo la que escriben las mujeres, ya que a través de ella se narra también el género masculino, se sabe más del mundo y no se excluye, solo se delimita.

Como marcamos los límites de un espacio, escribimos dentro de uno. El interior es rico, grande, podría ser inmenso, pero casi siempre acotamos para no perdernos, para no ir hacia líneas que nos alejen del objetivo. Yo me suelo alejar cuando escribo y he de ponerme unas marcas de corte invisibles para no pasarme y salir de lo acordado internamente. Pero ahora, a menudo, cuando leo literatura escrita por mujeres, encuentro más afinidades. El reconocimiento de género, en mi caso, ha llegado un poco tarde, soy de una generación en la que no se ha hablado de determinadas cosas como propias de un género sino más como parte de una lucha social que nos abarcaba a todos por igual, sin importar el género. Otra de las grandes mentiras, claro.

El reconocimiento de género ha llegado a mis lecturas y permanece y consuela. Me reflejo en textos de todo tipo: biografías, relatos, ensayos, quejidos, lamentos en verso y en prosa, proyectos de risas y alegría. De todas las mujeres que escriben parte la literatura de mujeres sin componentes peyorativos. Ya muchos hombres leen a las mujeres para entenderlas, para saber más de sus madres, de sus amantes, de sus hermanas. Y no hemos de esperar a cumplir cien años para contar. Nos contamos desde el presente, mirando atrás pero también hacia adelante, con fuerza y entereza, con la seguridad de que hay mucho aún por andar y por lo que luchar. Y por lo que escribir.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Aventura (personal) literaria

J leía en bibliotecas. No acumulaba libros, como yo. No los tocaba ni los pensaba después. No se quedaba absorto pasando simplemente las páginas de lo ya leído por placer de repaso, de encontrar a fogonazos palabras y frases que le habían gustado.

Le gustaba leer, como a mí. Pero tras la lectura, volvía a la biblioteca y devolvía esos libros que yo sí atesoraba y mimaba, cada uno con un lugar en mis estanterías caseras. Quiso convencerme desde el principio. Y cuando estás enamorada, te dejas convencer. De lo que sea. De que es de locos hacer una montaña de esa injusticia o de algo tan banal como que un libro solo es importante por dentro, que lo de fuera es solo funda y sustento.

Dejarse querer es como abandonarse, y da gustito. Que te abracen y no te importe nada hasta que las cosas empiezan a importarte de nuevo.

J no apreciaba el objeto y a mí me extrañaba, pero formaba parte de una extrañeza que abarcaba mucho más que su relación con los libros, así que no le daba mayor importancia.

Un día, J y yo tuvimos un niño, y cuando el crío pintaba las hojas de los cuentos y él le dejaba mientras yo le reñía, J me decía que el libro no era sagrado. Y lo mismo ocurría cuando el niño tiraba del rabo de un perro y él lo disculpaba diciendo que solo era un niño, que no se daba cuenta de lo que hacía, que el perro era solo un perro.

Yo empecé a darme cuenta de que a J no le importaba nada más que él mismo, y su descuido hacia la belleza y el trato delicado con los objetos, y hacia la fragilidad de los débiles, me iba advirtiendo silenciosamente, sin que yo quisiera darme cuenta del todo, solo como una ligera molestia en el hombro tras haber llevado mucho peso.

Poco a poco, vas sacando conclusiones vitales sobre las personas, que te ayudan a clasificarlas y a protegerte de ellas. Mi tonta medida ahora es: no te fíes de quien no tiene libros propios en casa ni de quien no ama a los animales. Ni, por supuesto, de quien te dice que lee pero que no quiere acumular libros y por eso no los mantiene, ni del que te cuenta que los animales le gustan, pero no en las casas, mejor en su entorno natural.

Hay aventuras literarias terroríficas y aventuras en la vida que nunca debieron ocurrir. Es solo una reflexión, pero para eso estamos.

domingo, 30 de octubre de 2016

Arréglatelas como puedas, Bergman

Hace unos días leí por primera vez Persona después de haber visto la película cientos de veces. Como ocurre en ocasiones, derivó mi interés a un recuerdo de hace años que no he podido evitar revisitar, otro libro, las memorias de Ingmar Bergman, Linterna mágica.

Vuelvo física y mentalmente al texto. Lo cojo y lo releo y siento lo mismo que sentí con veintitantos años, cuando por primera vez me dejé seducir por las palabras del sueco, y constato que es de lo mejor que se ha escrito dentro de ese que llaman género autobiográfico. Entonces me pregunto, una vez más en estos meses, ya van muchas, por qué se distinguen así y se aíslan de este modo, relegados a algo que no se lee tanto como la novela, los textos que tratan sobre lo vivido y habitado. Si Linterna mágica hubiera sido escrita por alguien que no fuera Bergman, probablemente los límites no estarían tan claros. Sea como sea, es este uno de los mejores textos de la literatura, independientemente del género al que lo asociemos para clasificarlo.

Recuerdos dolorosos de la infancia y del padre. Inevitable la búsqueda de un sentido a la existencia que llenó toda la obra de Bergman. Búsqueda de palabras que expliquen al fin. Esos diálogos brutales, como el de Secretos de un matrimonio, una de las películas más demoledoras, la mejor muestra de cómo se produce el desamor. Niveles de sinceridad para corazones duros. Silencios que lo deciden todo, como en Persona. La actriz muda, expresiva pero observadora, los papeles cambiados de repente. Ella asistiendo a la representación de los problemas de otra mujer, tan lejana, tan cercana, tan amadas y fuertes ambas. En ellas hay varias mujeres porque en ellas hay muchas vidas, muchas personas, todas las que somos a lo largo de la existencia, como explica Bergman: «—¿Puede una ser personas totalmente distintas, una al lado de la otra, simultáneamente?».

Bergman fue dejando su poso en cada guión y en cada texto escrito, y en Linterna mágica resume su vida y obra porque habla de todas ellas. La gestación, el por qué, el flechazo con Fårö («Este es tu paisaje, Bergman. Responde a tus ideas más profundas en lo tocante a formas, proporciones, colores, horizontes, sonidos, silencios, luz y reflejos. Aquí hay seguridad», se dice a sí mismo el director en un momento de descripción de ese lugar soñado), el dolor y su ausencia, la infancia y el pasado, con el no se ha acabado de reconciliar.

Al final de Linterna mágica va a ver a su madre, que escribe afanosa en su diario privado y no quiere ser molestada con lo que parece juzgar como niñerías del pasado cuando su hijo la interroga sobre momentos de la infancia:

«—Reñíamos, usted me pegaba en la cara. Yo le devolvía el golpe; pero, ¿por qué reñíamos? ¿Por qué esos terribles ajustes de cuentas, portazos, lágrimas rabiosas? (...) ».

Y más adelante, resume:

«Lo que veo con seguridad es que nuestra familia estaba compuesta por personas de buena voluntad con una herencia catastrófica de exigencias desmedidas, mala conciencia y sentimiento de culpabilidad».

No hay respuestas en la vida de Bergman, y a pesar de las memorias y de lo escrito, de todo lo que indagó con auténtica pasión, no encontró las palabras de alivio y de explicación que buscaba. Quizá por ello escribió tantos diálogos posibles, y expuso a sus personajes a situaciones extremas, imaginando conversaciones en las que por fin uno podía comprender y dormir tranquilo.  Conversaciones que duran noches y días. Y en su vida real, sin embargo, parece solo adivinar, y se le olvida preguntar al otro:

«Durante el rodaje de Persona nos alcanzó la pasión a Liv y a mí. Una grandiosa equivocación me llevó a construir la casa pensando en una vida en común en la isla. Olvidé preguntarle a Liv su opinión. Me enteré después por su libro Transformaciones»

En esa visita final a la madre, en la que lleva consigo la necesidad de explicaciones cuando ya es tarde y ella es mayor y no quiere hablar ni recordar mientras escribe un diario infinito, de nuevo Bergman no consigue nada. La madre, tranquila, le responde: «—Debes hablar de eso con alguna otra persona. Yo estoy demasiado cansada». Y la última frase de la obra resume, por fin, cómo es la vida: «Uno tiene que arreglárselas como pueda.»

Bergman fue esas muchas personas, las que estaban en silencio y las que hablaban sin parar buscando sentido a la existencia. Persona le salvó la vida cuando, estando enfermo, tuvo la idea y la rodó. En un momento de la obra, Alma dice esto a la actriz Elisabet, que permanece en su mutismo:

«—¿Por qué tiene que ser así? ¿Es importante no mentir, decir la verdad, que el tono sea sincero? ¿Es necesario? ¿Acaso es posible vivir sin hablar de vez en cuando? Sin decir tonterías, sin exculparse, sin mentir, sin andar con evasivas. Sé que tú has optado por callar porque estás cansada de todos tus papeles, de todo aquello que dominabas a la perfección. Pero, ¿no es mejor permitirse ser estúpido e indolente y charlatán y mentiroso? ¿No crees que podemos ser algo mejores si nos permitimos ser como somos».

Linterna mágica es el testamento artístico y vital de Bergman y Persona solo una pequeña parte de sí mismo, una parte diminuta que me conmueve por la herida que muestra, por cómo los silencios y la palabras pueden crear una melodía tan perfecta y decir tanto de uno mismo. 


domingo, 9 de octubre de 2016

Los anotaciones y los subrayados que hablan de nosotros

Paso la mañana en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, en el Paseo de Recoletos, que se celebra en otoño. Es uno de los placeres del comienzo de la nueva estación, pasear entre los libros, pararme, husmear, elegir. En una de las casetas descubro un ejemplar que me interesa. Lo abro por la primera página y leo: De Joaquín. Por nuestro 32 aniversario. Y a continuación hay una firma ininteligible que podría significar María o Miriam. Después, el año, 1992. Dejo en su sitio el libro con cuidado, de repente ha adquirido con la autodedicatoria un valor que no tenía. Cojo otro que está cerca y esta vez la letra, la misma, solo se distingue en la fecha y de nuevo la firma que cuesta descrifrar. Salto a otro libro, después a otro más. La mayoría de los títulos del cajón con el cartel de Novela son de una misma persona que ya no los tiene en su casa ni en sus estanterías. Pienso que quizá los haya vendido, pero me hace dudar de esta posibilidad el libro que celebra el 32 aniversario, ya que es un regalo, y los libros regalados no se venden. Quizá se separó de ese Joaquín al que no quiere volver a ver, pero también puede ser, quizá, que María o Miriam haya muerto y su biblioteca se haya vendido, expuesta ahora su vida en una feria de segunda mano que vende más que libros y ficciones, también la vida de muchas personas cuyas trayectorias y gustos quedan plasmados en las primeras páginas de los libros, en las marcas de su interior, en la propia elección de los títulos, que los definen.

Anoto yo también en todos mis libros. Me encanta aludir al margen de las páginas a una anécdota o quizá mencionar un tema que me interesa y que el autor me ha recordado por lo que ha escrito. No siempre anota uno lo mismo. Si volviéramos a leer un libro que leímos hace diez años escribiríamos otras notas o quizá ninguna, porque lo que nos llamó la atención en su momento ya es sabido y no nos sorprende. 

Somos distintos en cada etapa de nuestra vida y los años también pasan por los libros. De vez en cuando cojo al azar un volumen de una de mis estanterías y lo abro, lo hojeo y me encuentro definida —cómo era en ese momento— leyendo lo subrayado. A veces hay simplemente una flecha o unos signos de admiración de apertura y cierre que me advierten de dónde me paré, dónde me detuve a señalar, qué me importaba entonces. Por supuesto, como María o Miriam, yo también me autodedico libros, no solo los regalados, también los que compro yo misma, en los que escribo: Encontrado un día luminoso o Una mañana de octubre en la Feria del Libro Antiguo. Y espero, lo pido, que mis libros no se vendan, que los que los hereden o reciban los hojeen y así puedan conocerme mejor, cómo era yo por mis subrayados, por la elección de mis lecturas.